Mi vulnerabilidad, mi fortaleza

Escrito por Teresa Gaztelu González-Camino

Mi vulnerabilidad,
mi fortaleza.

El no negarse a vivir lo que toca,
el dar espacio para descansar en lo que hay,
tremendo arma de que dispongo para hacer frente a lo real.

El admitir la carencia,
el reposar en el alma rota,
no hay mejor recurso para que se recomponga.

La fragilidad no es debilidad,
es al contrario apoyo sin fisura,
cuando se atreve uno a reconocerla en toda su hondura.

Mi vulnerabilidad,
mi fortaleza.

Mi cojera: mi estabilidad.
Mi desmayo: mi salud.
Mi herida: mi curación.
Mi ceguera: mi visión.

Así cuando me siento en carne viva,
cuando más sangra y duele mi herida,
con mayor sabiduría descubro en mí un guía,
que siquiera antes conocía.

Si alcanzo a veces a admitir mi vacío,
mi desolación en toda su pureza,
acude en mi rescate cual milagro,
lo por mí más deseado:

Heme aquí qué gran sorpresa,
de donde escapaba, lo que buscaba:
mi vulnerabilidad, mi fortaleza.
Lugar del que la vida brota.

Mi vulnerabilidad,
mi fortaleza.

SIMONE WEIL, sobre el amor y la verdad.

Tomado de L’Enracinement  (Gallimard), y traducido por Mercedes García Márquez

El conocimiento de lo que amamos.

Un niño aprende una lección de geografía para tener una buena nota, o por obediencia a las órdenes recibidas, o por dar gusto a sus padres, o por que siente una poesía en los países lejanos y en sus nombres. Si ninguno de estos móviles existe, no aprende su lección. Si en un momento dado ignora cual es la capital de Brasil y  al instante siguiente lo aprende, tiene un conocimiento más, pero no está más próximo de la verdad que momentos antes. La adquisición  de un conocimiento en algunos casos nos acerca a la verdad y en otros casos no. ¿Cómo distinguir los casos? Si un hombre sorprende la mujer que ama, y a quien había dado toda su confianza, en flagrante delito de infidelidad, entra en contacto brutal con la verdad. Si sabe de una mujer a la que no conoce, de la que oye hablar por primera vez, en una ciudad que no conoce, que ha engañado a su marido, esto no va a cambiar de ningún modo su relación con la verdad. Este ejemplo nos da la clave. La adquisición de conocimientos nos acerca a la verdad cuando se trata del conocimiento de algo que amamos, y en ningún otro caso.

El espíritu de veracidad en el amor.

“Amor a la verdad” es una expresión impropia. La verdad no es objeto de amor, no es un objeto. Lo que amamos es algo que existe,  y que pensamos y por eso puede ser la ocasión de producir verdad o error. Una verdad es siempre la verdad de algo. La verdad es el esplendor de la realidad. El objeto del amor no es la verdad, sino la realidad. Desear la verdad, es desear un contacto con una realidad, es amarla. No deseamos la verdad nada más que para amar en la verdad. Deseamos conocer la verdad de lo que amamos. En lugar de hablar de amor a la verdad, sería mejor hablar de un espíritu de veracidad en el amor. El amor real y puro desea siempre y por encima de todo mantenerse entero en la verdad, sea cual sea, incondicionalmente. Toda otra expectativa de amor desea sobre todo satisfacciones, y por ello es un principio de error y de mentira. Es el espíritu santo. La palabra griega que traducimos por espíritu significa literalmente soplo ígneo, soplo (aliento) mezclado con fuego, y designaba en la antigüedad, la noción que la ciencia designa hoy con la palabra energía. Lo que traducimos por “espíritu de veracidad” significa la energía de la verdad, la verdad como fuerza agente. El amor puro es esa fuerza activa, el amor que no quiere, a ningún precio, en ningún caso, ni la mentira ni el error.

Simone Weil A

El amor no posee ni es poseído

Escrito por Teresa Gaztelu González-Camino.

El Amor llega cuando se renuncia a toda posesión, a toda exigencia, a toda expectativa, incluso a toda idea del Amor.

El Amor es libre, luego sólo fluye cuando se le deja el espacio, cuando se practica la libertad.

El Amor no puede darse cuando se le asfixia en unos ideales, en ideas fijas de cómo han de ser las cosas, de cómo ha de manifestarse el Amor en una pareja, de qué ha de hacer cada uno si lo que siente es Amor. No, el amor no se deja contener en una idea, no permite ser capturado en un “debería”: “tú, si me quieres, deberías hacer esto o lo otro”. Todo lo contrario, el Amor es tan rico que en cada persona se manifiesta de un modo genuino. Es necesario dejar que esta genuidad se libere. Sólo así, sólo permitiendo al amante amar a su modo específico, puede el Amor expandirse hasta muy lejos. Imponer al amor ideas fijas es castrarlo, complicarlo.

En el Verdadero Amor una vuelta a la sencillez acontece, pues sólo sabe surgir y desarrollarse en el más sencillo y pleno ser. Esto es: no creyéndose esos modos en que se dice una pareja debe quererse, sino simplemente siendo. Para Amar, sólo hay que ser. El arte de Amar corresponde al tan sencillo pero no fácil arte de dejarse ser quien uno es.

El Amor es Incondicional, esto es, no está condicionado, no se merece ni se desmerece. El Amor se es, y se practica, se deja ser. El Amor no es algo distinto de lo que somos, es lo que queda cuando hemos quitado todas las capas de falsedad, ilusoriedad y complicación que el humano se fabrica y a través de las cuales se vive y vive el mundo. El Amor es lo que queda, es la desnudez, el ser mismo, el meollo. Eso que queda y no puede irse cuando uno ha quitado las capas añadidas: las ideas, los deseos, los proyectos, las identificaciones, los juicios de lo que uno es y de quiénes son los demás…

Cuando se es, se ama; cuando se ama, se es.

Entonces el Amor no puede estar condicionado; no dice: “te quiero cuando haces esto, pero no cuando haces esto otro, no cuando te equivocas”. El Amor es mucho más puro, tan puro que abraza el error, todo lo abarca.

Y es así como creo se ama verdaderamente: viendo al otro como es, no como no es, no falseándolo con las ideas que uno se hace de él, no permitiendo que esas ideas cieguen la mirada de uno. La mirada, la sola mirada es pura, ella ve, y quiere cada vez ver más. Y el Amor, ve al otro y cada vez quiere verle más y mejor.

Así se ama verdaderamente: viendo al otro, comprendiendo al otro, aceptándolo, acompañándole, siendo con él. Sencillamente. No hace falta hacer nada más, forzarse a nada, cumplir con nada. Sólo dejarse ser con el otro y así, de modo natural, se le está amando con la mayor fuerza de que el humano es capaz, es decir, con inmensa fuerza.

Y esto pasa por hacer lo mismo con uno: verse, comprenderse, no imponerse cosas, no juzgarse, no castigarse; respetarse, cuidarse, aceptarse, quererse. Y es que cuando uno aprende el arte de quererse, ya aprende el arte del querer al otro.

Y juntos, son Amor.

No son X y J el ingeniero español y la terapeuta americana. No. Eso no son. No son etiquetas, sino que sencillamente son. Y en este puro ser radica su mayor valor. Y ahí se expande el Amor que son. No necesitan ser más ni nada distinto a quienes son para ser manifestaciones de Amor. Precisamente, necesitan dejar de ser aquellas cosas, dejar de identificarse con aquellas cosas, dejar de vivirse como ellas y contactar con un fondo más puro y originario, para poder manifestar e irradiar el Amor que verdaderamente son.