Qué es un taller de práctica filosófica

El nombre de “taller” (workshop en inglés) nos remite a un trabajo esforzado, a menudo físico, porque en su planteamiento no hay reparos en decir que hay que ponerse “manos a la obra”, hay que trabajar(selo), hay que esforzarse en cumplir con unas instrucciones, hay que someter el producto de tu trabajo al cuestionamiento de los demás participantes y hay que contemplar la posible necesidad de autocorrección. Suena ortopédico y… lo es. En un taller hay un disparo de salida con unas instrucciones precisas, un desarrollo y un remate final que recoja el fruto del proceso. Los que hayáis visto la película “Sólo es el principio” habréis podido observar una curiosa ocurrencia de la maestra: cuando va a dar comienzo al taller de filosofía ella enciende una vela y cuando éste llega a su fin la apaga. Así marca con un gesto la entrada y la salida de un territorio que tiene sus reglas. Sócrates, con la naturalidad del filósofo maduro y genial, las imponía a sus interlocutores en un “aquí te pillo y aquí te pregunto”, algo que no en vano le costó la acusación de enemigo del pueblo y finalmente acatar la muy civilizada invitación a beberse la cicuta que le impediría de una vez por todas seguir haciendo preguntas, al menos a los que quedaban en este mundo. A los filósofos menos maduros, menos geniales y menos suicidas nos viene muy bien la complicidad de las personas que participan en un taller de práctica filosófica, es decir que conozcan unas mínimas bases y que estén dispuestos de antemano a ejercer una crítica radical sobre el  pensamiento que tan a menudo confundimos con nuestra más íntima esencia.

La palabra “taller” nos remite a un lugar de trabajo; el nuestro, de hecho  se acerca un poco al de los herreros; trabajo el suyo que nos ofrece una imagen paradigmática: un obrero que forja instrumentos con otros instrumentos que a su vez han necesitado ser forjados por otros instrumentos. Esta es una idea de Spinoza cuando dice que nuestras ideas se forjan con ideas, tanto como una lanza se forja con un martillo y éste a su vez con una piedra.

¿Cuál es la materia que se somete a la forja filosófica? Se podría señalar sin dudar que la principal es el pensamiento, pero eso nos lleva a decir que, inevitablemente, trabajamos sobre nosotros mismos. Si en filosofía aprendemos a distanciarnos de nuestras ideas para discriminarlas, sopesarlas, evaluarlas, también aprendemos que al tomar conciencia de eso nos cambia la vida. Es decir transforma nuestra percepción de nosotros mismos y del mundo. Nuestras ideas y nuestras palabras no son nuestra identidad más profunda pero sí son un poco como nuestro carnet de identidad, esa carta de presentación de nuestra singularidad. Conocer el perfil y las huellas dactilares que ofrecemos cuando presentamos  nuestro pensamiento es una tarea  larga y trabajosa que tiene sus buenos frutos.

¿Porqué hacer talleres y no otra cosa filosófica?

Porque es el modo de crear una estructura clara en dónde pueden descansar las indagaciones. Puede haber toneladas de genio y de ingenio en la vida, en las conversaciones espontáneas de café, de ascensor o subidos a un andamio, pero ninguna de ellas se plantea la función pedagógica de parar a cada dificultad, de cuestionar lo que no se entiende, de subrayar el hecho de estar usando bien o mal una herramienta de pensamiento, de llevar hasta el final una idea, de apoyar tu elección en argumentos claros, de hacerse consciente de qué modo las palabras que salen de tu boca llegan al entendimiento de tu interlocutor. En fin, todo un entramado de elementos de los que sólo si “paramos el mundo” podemos observar cómo se entretejen, nos estructuran o nos sostienen, algunas veces de mala manera. Esto último, por cierto, bastante doloroso de observar. Pero qué se le va a hacer… nadie dijo que ser humano iba a ser fácil.

Cómo me he referido a la película “Solo es el principio” me veo en la obligación de mencionar que, teniendo ciertas virtudes, no es un buen ejemplo de taller de filosofía. Entre sus virtudes está la impecable buena voluntad de una maestra que no estando formada para el trabajo filosófico con niños tiene el buen gusto de no aleccionarles o adoctrinarles a cada expresión del pensamiento infantil. Pero por otro lado vemos que a penas interviene para hacerles profundizar en lo que dicen, nos encontramos con el vicio principal de este tipo de iniciativas: que por no interferir en su libertad de expresión lo que obtenemos es un intercambio de monólogos que además adolecen de una mínima confrontación con las exigencias de un pensamiento eficaz. Y no estamos diciendo que querríamos que esos niños se expresaran como Salmerón, sino que al hilo de sus hallazgos de pensamiento vayan sabiendo qué están haciendo: encontrar palabras que precisan, usar el ejemplo como prueba o explicación, hacerse conscientes de que no se estaría objetando si no se dice porqué, observar contradicciones….

Los talleres de práctica filosófica tienen también su lugar en la  Filosofía para Niños porque la necesidad de crear un pensamiento autónomo y libre nos remonta a los primeros años de nuestra existencia. Allí donde los más románticos dicen que somos más filósofos, porque nuestro asombro no ceja y donde los más prácticos creen que está el momento en el que se empiezan a forjar nuestras herramientas de conocer y de comportarnos.

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