Antonio Machado

Aprendió tantas cosas –escribía mi maestro, a la muerte de un su amigo erudito–, que no tuvo tiempo para pensar en ninguna de ellas.

Ayudadme a comprender lo que os digo, y os lo explicaré más despacio.

Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente.

Para descubrir la cuarta dimensión de vuestro pensamiento, buscad el perfil gedeónico de vuestras paradojas, en el espejo bobo de vuestra sabiduría.

No olvidéis que es tan fácil quitarle a un maestro la batuta, como difícil dirigir con ella la quinta sinfonía de Beethoven.

Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín.

Antonio Machado en Filosofia.org

Machado por Picasso

Todos somos Macbeth

Durante la Segunda Guerra Mundial, George Orwell, el autor de Rebelión en la granja,  leyó por radio un texto del que reproduzco un fragmento:

“Es la ilusoria convicción humana de que una acción pueda permanecer aislada, que uno pueda decirse a sí mismo: “Cometeré sólo este crimen para lograr mi fin e inmediatamente me haré respetable”. Pero en la práctica, como descubre Macbeth, de un crimen nace otro, aunque no crezca la maldad de quien la comete. Su primer asesinato lo realizó para mejorar su status; los siguientes, mucho peores, los cometió en defensa propia.

A diferencia de la mayoría de las tragedias shakesperianas, Macbeth se asemeja a las tragedias griegas en cuanto que  es posible prever el final. Desde el comienzo se sabe en términos generales lo que sucederá. Esto hace todavía más emocionante el último acto, aunque, en mi opinión, la mayor fascinación de la historia reside en su esencial banalidad. Hamlet es la tragedia de un hombre que no sabe cómo cometer un delito. Macbeth es la tragedia de un hombre que sabe cometerlo, y aunque la mayoría de nosotros no cometa, en realidad, delitos, la situación de Macbeth es la más cercana a la vida cotidiana.”

orwelldm0509_468x417

Padecer y percibir, o cuando el sensible es un insensible

Habría que distinguir padecer una impresión  y percibir la impresión. Así, cuando me irrito, puedo padecer esa irritación, ser determinado por ella, o  bien puedo percibir esa irritación, por un redoble de la sensibilidad. En cierto modo, el “sensible”, en el sentido habitual, carece de sensibilidad: no percibe el afecto que se impone a él, está demasiado pegado, y pegado queda. En cierto modo es ciego, insensible. Mientras que el que es sensible en un sentido riguroso del término puede, al contrario, percibir su propia sensibilidad. En ese sentido distingue su objeto, que es el sujeto de la acción. Ese es el verdadero sensible, véase el hipersensible.

Sin embargo el que solemos llamar hipersensible es en realidad  el insensible que se ignora,  y que remplaza la sensibilidad por la sinceridad (la expresión del padecimiento de la impresión) terminando  por creerse (fijándolo) lo que siente y lo que afirma.

Oscar Brenifier