“TENER IDEAS” en la práctica filosófica

Texto escrito por Mercedes García Márquez

Uno de los fundamentos  metodológicos por excelencia del tratamiento filosófico de todas y cada una de las cuestiones que queramos abordar es el respeto por la realidad y la voluntad de verdad: “VER LAS COSAS COMO SON Y NO COMO QUERRÍAMOS QUE FUERAN”

Es útil convertirla en una fórmula contundente y clara porque, como la herramienta eficaz que resulta ser en la práctica filosófica, tenemos que echar mano de ella sin vacilaciones, poniendo toda la atención en lo que ocurre cuando la aplicamos. De su aplicación  siempre resulta una clarificación de la visión del mundo.

LA VISIÓN DEL MUNDO…es, a su vez,  nuestro instrumento eficaz para movernos, es nuestro pensamiento operativo pero rara vez nos detenemos a MIRARLO. Como instrumento es un auténtico multitarea pero ¡ay! algunos de sus “brazos” se entorpecen entre sí y así ocurre cuando por un lado producimos conocimiento ad hoc, al hilo de nuestras vivencias y por otro lado DECIMOS que TENEMOS ciertas ideas.

En filosofía práctica es todo un trabajo encontrar y  formular las ideas sobre las que se fundamenta el sentido de todo lo que haces. Son ideas, que te constituyen, no las tienes, ellas te habitan, son las más naturales, las más propias y precisamente por ello tendemos a no conocerlas de modo consciente aunque si sabemos de sus efectos  y, sin duda, si llevas a cabo una actividad filosófica, se traslucen en tu trabajo filosófico con los demás. Y no tardaremos mucho en darnos cuenta de que tenemos un problema si queremos realizar una práctica que se fundamente en una idea que no tenemos (por mucho que la “queramos tener”), y tenemos otro gran problema si las ideas sobre las que se fundamenta nuestro trabajo son de cómo debería ser el mundo.

Como aprendices de filósofos prácticos la necesidad de enfrentarnos a esta cuestión parece que se nos redobla y nos preguntamos ¿Puede alguien ser un practicante de la filosofía, un filósofo asesor, si no ENCARNA (lo oponemos a “tener”) ciertos principios que los grandes filósofos han experimentado,  como la confianza en la razón común con su correspondiente anhelo de verdad, que todo busca su perfección y su bien o la constatación de la perfección del mundo más allá de nuestros deseos?

Y ante eso que me  aparece como el resultado de una larga y gran tarea del espíritu humano yo me detengo con una pregunta que hace poco oí en un taller y que me permito reformular: ¿Cómo es posible que todo tienda hacia el bien y que yo “sienta” que eso no es verdad o, al menos, que no me aparezca como una verdad evidente? No es difícil ver cómo esa pregunta surge de una honestidad que contempla su propia visión, que problematiza una idea que no alcanza a encarnar y que reconoce más verdad en sus límites que en la idea que le llega ya hecha.

Tenemos  propuestas filosóficas que vienen en nuestra ayuda ante toda esa PROVISIONALIDAD y que resultan irreprochables para la práctica filosófica, como la que hemos visto al principio de este texto o la de Spinoza cuando aconseja no perder el tiempo en escandalizarse ante nada de lo humano y trabajar su comprensión. Estas son indicaciones dirigidas a promover una ACTITUD que da frutos filosóficos. Esos frutos filosóficos son la toma de conciencia de las ideas que encarnamos, y más de una vez nos va a tocar sentir el asombro ante nuestras propias ideas.

La práctica filosófica, no es un camino de perfección con un horizonte anticipado por cualquier filósofo sino un descubrimiento, con cualquier instrumento que lo permita, de las creencias e ideas que subyacen a nuestros actos, a las manifestaciones del ser que somos, esos motores eficaces de los que apenas sabemos mucho más que que nos mantienen en vida.

Y es así que la práctica filosófica, para que se pueda compartir, no tiene porqué basarse en compartir ideas, y sin embargo SÍ ES NECESARIO  confluir en la puesta en marcha de consignas de trabajo. …Y los frutos serán los que tengan que ser.

ALGUNAS CLAVES PARA LA EXPERIENCIA FILOSÓFICA

Artículo escrito por Mercedes García Márquez. Editado en el nº 14 de la Revista FILOSOFIA HOY, Agosto 2012.

La lectura de este texto no constituye una “experiencia filosófica”, al menos en el modo en que está propuesta desde las Prácticas Filosóficas, en donde se impone la condición de partida de reunir la PRESENCIA viva de un número variable de personas, en el caso de los talleres o diálogos, y de dos personas, en el caso de la consultoría.

Las prácticas filosóficas son la oportunidad y el lugar para convocar el no-tiempo y el no-lugar por excelencia: la conciencia. A ella le damos espacio en medio de nuestras vidas llenas de urgencias y en nuestras ciudades ruidosas.

El primer elemento común a todas las prácticas filosóficas es el de PARAR. La primera urgencia es parar la urgencia, aquietar el ánimo sobreestimulado y a menudo en estado de reactividad; así pues, parar la palabra compulsiva y disponerse a la escucha.

A continuación recogemos otros elementos comunes a las prácticas filosóficas:

  • El estado de APERTURA a una experiencia de cuestionamiento sobre lo que creemos firmemente saber. Se trata de realizar una suspensión de nuestro juicio cotidiano y una aproximación sorprendida a lo que nos parece evidente o damos por supuesto.
  • La puesta en juego comprometida de nuestra SINGULARIDAD, nuestro ser individual y completo, ese ser que nace y muere solo, y que habrá de pensar por sí mismo haciendo uso de su  mayoría de edad, como aconsejaba Kant.
  • La disposición a TRANSITAR el proceso, a hacer un recorrido indagador propio o examen de nuestra experiencia del mundo, muy en particular de nuestra visión, del modo en que interpretamos las cosas, un camino del que no se conoce de antemano la meta y del que, sin remedio, se saldrá transformado, ya que son los mimbres de nuestro propio ser los que entran en juego en él.
  • La asunción de la energía de la PREGUNTA para hacer aflorar las creencias que, a menudo desde instancias no totalmente conscientes, operan generando y sosteniendo nuestro discurso y nuestra conducta.
  • Valorar la manifestación objetiva de nuestro ser, lo que los demás oyen y ven de nosotros, con el fin de producir un conocimiento DESENSIMISMADO. (Nietzsche dirá de nuestro mundo interno que está lleno de “fantasmas y fuegos fatuos”).
  • El exponer nuestra EXPERIENCIA de vida para someterla a observación y a crítica con el fin de que éstas nos den la medida de nuestra parcialidad, de nuestra posible relación interesada o errónea, y así poder llevar a cabo un verdadero aprendizaje. Esto se hace necesario porque, por un lado, se nos acumulan experiencias de vida no examinadas que van dejando su poso mudo en nosotros, y, por otro lado, se nos amontonan en la memoria palabras sin referente vivencial, como cáscaras vacías que usamos en vano.
  • CREAR, producir,  los conceptos adecuados a nuestra experiencia y cotejarlos con la razón común. (Sócrates diría que adoptar ciertos conceptos sin haberlos alumbrado nos deja en la mera opinión.)
  • Observar la COHERENCIA, o su falta, entre lo sentido, lo pensado, lo dicho y la acción.

La exposición de estos elementos no pretende cubrir exhaustivamente la experiencia del filosofar, pues habría que hacer mención a la confianza, la aceptación, la comprensión, la autenticidad  y otras actitudes y experiencias que se van dando en la profundización del camino filosófico.