¿Preguntar es agredir?

La experiencia nos dice que cuando preguntamos lo que obtenemos, en el peor de los casos, es una  reacción de rechazo, y en el mejor, una respuesta parcial. A mitad de camino de los  dos  extremos estaría la no-respuesta o el clásico escaqueo. Por ello es legítimo plantearse  la cuestión de la violencia inherente a toda pregunta.

En efecto, una  pregunta es una triple exigencia hacia el cuestionado: exigencia de que dé  una respuesta, que la respuesta responda a la pregunta y no a otra, y  finalmente que esa respuesta contenga un posicionamiento claro y un argumento que permita darle un  asiento, un fundamento que pueda satisfacer el reto lanzado por la pregunta. 

Para escapar a estas exigencias, a menudo excesivas para nuestro ánimo o nuestra mente, las estrategias son  numerosas. «Cuestionamiento» es un término que popularmente nos remite a la búsqueda de culpables. En él resuenan el cuestionamiento policial, la tortura o la simple inquisición de una madre preocupada. Un fondo «cultural» que nos pone en guardia. 

Es menos popular la sintonía con un diálogo investigador que  desde Sócrates es un arte filosófico y el mejor medio para poner  las almas a prueba para sí mismas, probar su coherencia interna y  externa, elaborar el sentido común, el de la sensatez, trabajar la universalidad y  descubrir a los otros. 

Dibujos de Saul Steinberg

Apología de la inquietud

Reflexión de Oscar Brenifier aparecida en Facebook hoy 18 de marzo de 2024

¿Cómo evitar el tormento interior constante?

«El tejido del alma es una maraña de pequeñas inclinaciones que lo pliegan en todas direcciones… mil pequeños resortes que hacen y deshacen los pliegues a cada instante». Leibniz

«La inquietud es el principal, por no decir el único, estímulo de la industria y la actividad humanas. Porque cualquiera que sea el bien que se proponga al hombre, si la ausencia de este bien no va seguida de ningún disgusto o dolor, y si el que está privado de él puede estar contento y a gusto sin poseerlo, no pensará en desearlo y menos aún en esforzarse por disfrutarlo.» Leibniz

La inquietud es un estado natural de la mente, que no puede permanecer inactiva; la mente está en constante movimiento. Pero hay dos tipos de preocupación. Por un lado, está la inquietud positiva, que es productiva, libre y alegre, y por otro, la negativa, que es victimista, triste y dolorosa. El primer tipo de inquietud está vinculado a una pasión, un interés genuino, una actividad constitutiva de la persona, la autorrealización. El segundo tipo es ansiedad está vinculado a un sentimiento de posesión, al miedo a perder algo; esta ansiedad depende de los demás y del contexto, no desarrolla en absoluto a la persona, y a menudo está vinculada a un impulso primario de supervivencia, ya sea material o psicológico, personal o colectivo.  Estos dos tipos de ansiedad se denominan a veces «eustrés» y «distrés», respectivamente.

Pero hay un principio sencillo: la mente aborrece el vacío. Así que si una persona no alimenta su mente con preocupaciones de primer orden, que cultivan lo inesperado, que aumentan su poder de ser, si no ha aprendido a desafiarse a sí misma y a crecer, entonces sucumbirá a preocupaciones de segundo orden, que reducen el ser, que son estériles, que son aburridas y rutinarias, que vuelven a la persona existencialmente impotente, lo que comúnmente se llama «sentirse vacío» o «sin sentido».

Así que podemos decir que la ansiedad en sí misma no es placentera y liberadora, sino que inicia, guía y alimenta acciones que son placenteras y liberadoras, si estas ansiedades nos desafían y nos hacen crecer, si las elegimos nosotros mismos en lugar de someternos a ellas compulsivamente. Pero en nuestra sociedad moderna, donde reina una mentalidad consumista, donde la mayoría de la gente quiere estar «totalmente satisfecha», se produce un fenómeno que podemos llamar «ansiedad por la ansiedad». Tememos la ansiedad, odiamos la ansiedad, queremos huir de la ansiedad. La ansiedad significa estrés, y en lugar de sublimar este estrés y educarlo, utilizándolo como incentivo para acciones productivas y enriquecedoras, soñamos con deshacernos de él por completo. Por ejemplo, mediante la popularísima práctica de la meditación, que pretende liberarnos de la ansiedad. Como si convertirse en una larva inerte y pasiva fuera el colmo de la felicidad. Como si disfrutar de toda clase de pequeños placeres cotidianos bastara para satisfacer las necesidades de nuestra alma. La paradoja de este comportamiento es que, en realidad, provoca bastante ansiedad, ya que deseamos algo imposible, que además nos dejaría impotentes y sin vida. La ansiedad seguirá alimentándose si no se calma con la acción, canalizada hacia algún tipo de actividad con sentido. Una realidad que muchas personas ignoran, o prefieren ignorar. Piensan que una vez resuelto el problema de la ansiedad, todo irá bien, la vida será maravillosa. Pero, por supuesto, no es así. Lo irónico es que incluso las personas que parecen haber resuelto problemas prácticos y psicológicos básicos siguen estando ansiosas, porque la ansiedad es una parte inevitable y necesaria de la existencia. La existencia humana necesita desafíos, la existencia humana significa desafío, así que más vale que nos reconciliemos con la ansiedad, nuestra verdadera amiga.

Paradójicamente, la única tranquilidad posible del alma consiste en afrontar y disfrutar los retos que más nos preocupan.

¿Qué significa la práctica cuando hablamos de filosofía?

Hay un aspecto bien conocido del concepto de práctica en filosofía que es el inaugurado por Kant para diferenciar razón práctica de razón teórica.  Es una distinción que acotó el campo de la ética que es allí donde la filosofía reflexiona sobre el qué hacer, es decir sobre nuestra praxis y sobre nuestra libertad.

Hay otro aspecto del concepto de “práctica filosófica” que es la del diálogo socrático, ese dialogo entablado por Sócrates cuando se acercaba a un ciudadano cualquiera en el ágora, para producirle un pellizco y sacarle de sus inercias, de unos automatismos mentales que sin duda tenían una función socializadora pero dejaban adormecido el ingenio y la inventiva.

Y finalmente hay un tercer aspecto en el que la práctica filosófica lo que propone es el entrenamiento consciente del pensamiento. Se centra en la observación de nuestro funcionamiento para entender sus luces y sus sombras. Este gesto proporciona conocimiento de quién somos al mismo tiempo que va puliendo los instrumentos de pensar.

En Taller de Prácticas Filosóficas te proponemos empezar por este último aspecto de la práctica filosófica para poder evolucionar hacia el diálogo socrático y la reflexión ética.

Información sobre nuestras prácticas filosóficas aquí:

https://tallerdepf.tilda.ws/introduccionalapf