Experiencia de Ana Sanz Fuentes

Ana Sanz Fuentes. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Especializada en Lógica y Filosofía de la Ciencia. Hasta 2010 estuvo dedicada a la investigación sobre modelos de racionalidad en la práctica científica (UAM/CSIC). En 2009, después de realizar un Máster de Estudios Interdisciplinarios de Género y especializarse en educación para la igualdad, comienza a estudiar Psicología. En 2014 finaliza el Grado en la UNED con un trabajo dentro del área de la Psicología de la Educación centrado en la instrucción en razonamiento a través del uso del cuestionamiento socrático. Es en 2012 cuando comienza su formación en prácticas filosóficas de la mano de Oscar Brenifier, Mónica Cavallé y Mercedes García Márquez. Desde ese año participa de forma regular en los seminarios organizados por el Institut de Pratiques Philosophiques y actualmente coordina la formación en lengua española junto con Mercedes García Márquez. A partir de 2013 comienza a formarse en Filosofía para Niños en el Centro de Filosofía para Niños y en Filosofía con Niños con Ed Wedjers y Catherine McCall (CoPI Method). Compagina su constante formación e investigación sobre las diferentes formas de práctica filosófica con la impartición de cursos de formación, talleres y consultas individuales.

tallerpracticasfilosoficas@gmail.com

Mi experiencia con la Práctica Filosófica.

Siempre he sido una gran apasionada de la filosofía académica. Nunca había echado en falta algo más centrado en las preocupaciones cotidianas, pues me parecía que siempre había una correspondencia entre las grandes cuestiones de la filosofía y nuestras pequeñas miserias cotidianas. Con eso me bastaba.

La práctica filosófica me infundó un mayor respeto y cariño por esa concepción de la filosofía que hace de ella una guía en el proceso de llevar una buena vida, lo que para muchos filósofos, entre los que me encuentro, significa someter a examen la propia vida, pasarla por el tamiz de la reflexión filosófica y conocerse a uno mismo para así poder conocer a los otros y al mundo.

De mi experiencia personal destacaría el primer momento de perplejidad: lo duro que fue comprobar que la filosofía nos ayuda a tomar conciencia de lo que no sabemos que sabemos y de lo que creemos saber y no sabemos. En mi caso, el primer ejemplo concreto fue mi timidez. Es algo con lo que he vivido desde niña, pero de tan evidente que es me resultaba muy difícil de ver, y mucho más de pensar. No se trata de que haya dejado de ser tímida, pero sí he conseguido no avergonzarme de mi timidez ni dejar que me atenace como si fuese una reacción incontrolable. Tomar distancia permite reirse de lo ridículo que hay en nosotros, dejar de negarlo o justificarlo. Solo con eso, la vivencia cambia considerablemente. Al menos esa ha sido mi experiencia.

A partir de ahí he ido comprendiendo que la práctica filosófica tiene mucho de ejercitarse en la disciplina de conocerse a uno mismo a partir de las cosas cotidianas, de los pequeños gestos. Aprender a poner el filosofar al servicio de la vida, no solo para resolver problemas o comprender la realidad, sino también para disfrutar contemplando y reflexionando sobre las pequeñeces del día a día, para pensar con rigor y claridad sobre todo lo que nos rodea, especialmente, para pensar sobre los límites de nuestro pensamiento.

Hay veces que puede resultar muy violento, pues no nos gusta que nos pongan delante un espejo que amplifica lo que nos determina, nuestras contradicciones, nuestras incoherencias y nuestras limitaciones, pero pienso que a la larga es lo mejor que nos puede pasar, pues es la forma de acceder a la verdad. Lo difícil reside en mirarse a uno mismo y no querer huir ante el monstruo que se nos pone delante. Al final uno acaba riéndose, pero es una risa trágica, porque de alguna forma entendemos que la realidad se burla de nosotros, pues no es como esperábamos o como nos habían prometido.

En todo este proceso de ir conociéndome a través de participar en talleres y consultas he experimentado la liberación que supone reconciliarse con lo que es, sin tratar de negarlo o evitar nombrarlo. No me refiero a complejas realidades, sino a las más inmediatas. Nombrarlas, pensarlas, aceptarlas. Diría que no he cambiado, pero a la vez diría que he vivido una profunda transformación: me he atrevido a revisar los límites que me había impuesto y también aquellos que determinan mi forma de ser, y simplemente el hecho de identificarlos me ha permitido ir tomando distancia de ellos. No sé lo que eso significará para otros, pero para mí ha sido toda una conquista y una enorme alegría.

De ahí a a revivir todas las pasiones que me llevaron a sumergirme en la filosofía a los dieciséis años solo ha sido cuestión de tiempo. Cuanto menos he temido ver la realidad de mi ser, más capaz he sido de volver a disfrutar de abordar problemas estéticos, epistemológicos, lógicos, éticos o metafísicos, esta vez no solo a nivel teórico sino también como propuestas prácticas que provoquen la reflexión filosófica con otros. No me había dado cuenta de que el miedo a saber la verdad sobre nosotros mismos puede ser el mayor obstáculo para pensar, reflexionar y dialogar filosóficamente.

Para concluir, diría que la práctica filosófica te habitúa a pensar lo impensable. Lo que siempre es sorprendente es descubrir lo que para cada uno es impensable y descubrir cómo puede problematizarse. Yo al menos no dejo de asombrarme y espero que así sea por muchos, muchos años.

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